Somos la bestia

 

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Foto Gerwyn Davies

Artículo publicado en Neupic 

Aristóteles, en su obra Política, decía que “el hombre que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la sociedad sino una bestia o un dios”. Veinte siglos después, Hobbes resucitaba a la bestia al afirmar que “el hombre es un lobo para el hombre”, ya que el ser humano está guiado por el egoísmo y el temor. Y consideraba que, para poder vivir seguros, era necesario un pacto social. 

Es inevitable comparar estas reflexiones con la realidad actual, pues la sociedad parece no haber conseguido todavía algo tan fundamental como la propia convivencia. Es entonces cuando entra en juego el Estado quien, en un sistema democrático, regula el sistema jurídico-político de un país mediante la promulgación de las leyes que controlan a la bestia para salvaguardar y organizar la vida de los ciudadanos. 

Sin embargo, en la España democrática, las leyes, lejos de permanecer un tiempo razonable para asimilarlas y evolucionar de forma natural, cambian continuamente en función del grupo de poder dominante en cada momento. La progresiva alternancia de los dos partidos mayoritarios de España ha supuesto la consecución de múltiples reformas y contrarreformas legislativas. Un claro ejemplo de ello son las ocho leyes orgánicas divulgadas en Educación en los últimos veinticinco años, de manera que ni una sola generación se ha formado en su vida académica con una misma ley. Es cierto que las normas jurídicas deben ser dinámicas y cambiantes con el fin de adaptarse a las necesidades del momento, pero los continuos cambios legislativos producen en el ciudadano una sensación de inestabilidad y desconcierto.

Los gobiernos deberían crear el clima propicio para que los ciudadanos puedan colaborar de forma activa en las iniciativas y proyectos de ley mediante comités de expertos, consultas en las redes sociales, referéndums, etc. Y todo ello desde la perspectiva de un gran pacto de Estado entre los partidos políticos con representación parlamentaria para establecer unas leyes estables y duraderas. De esta forma, nuestros representantes podrían centrarse en los verdaderos problemas que alimentan a la bestia: el paro, la pobreza y la corrupción.

 

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