El secreto de la calle del espino

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Artículo publicado en Neupic

Amanece con tristeza un día oscuro y lluvioso. Desde la ventana de mi dormitorio arrojo con decisión el último cigarrillo de mi vida y, mientras se funde con las hojas del parque en una maraña otoñal, observo el viejo árbol situado al pie de la impresionante verja que cierra la calle que lleva su nombre: la calle del Espino. No entiendo por qué la gente actúa como si no existiera. Nadie habla de ella y, mucho menos, se atreve a acercarse lo suficiente como para ver lo que esconde el majestuoso árbol. Cada noche, la obsesión por conocer su secreto me impide dormir, pero hoy decido acabar con mi insomnio.

El hombre que un día prometió velar mis sueños duerme plácidamente. Desnudo, con un brazo colgando y las sábanas arrugadas bajo sus piernas, emite un ligero y rítmico ronquido. Cierro sigilosamente la puerta, me enfundo la capucha del impermeable y bajo rápidamente las escaleras. En el portal, Nacho, mi vecino treintañero del segundo piso me pregunta con cierto interés a donde me dirijo tan precipitadamente. Con una sonrisa de complicidad -pues muchas veces me ha sorprendido mirando tras la ventana- le digo que voy en busca de aventuras. Sobresaltado, me advierte que todo el que ha ido “allí” o no ha vuelto o lo ha hecho trastornado. Sin embargo, me dedica una mirada esperanzada y, en voz muy baja, como en un susurro, me dice que soy la elegida para cambiar las cosas. Sin despedirse, sumido en un gran abatimiento, recoge la correspondencia del buzón y desaparece tras la puerta del ascensor.

¿Cómo puedo yo cambiar el mundo? Sus palabras me causan una profunda desazón. Comienzo a caminar y el frío mañanero me devuelve a la realidad. El viento es tan intenso que me cuesta respirar y la lluvia me ha calado hasta los huesos. Camino por la acera abstraída en mis pensamientos, sujetando a duras penas la capucha y, sin darme cuenta, mis pies tropiezan con la verja. Puedo percibir su olor a metal oxidado que, mezclado con el de la tierra húmeda, me hace estremecer. Ante la majestuosa estructura de hierro me siento insignificante y me invade el pánico. Desde mi casa, no parece tan imponente. Me dispongo a rodearla con la intención de encontrar un hueco que me permita acceder a la intrigante Calle del Espino, pero el árbol me impide ver más allá y, al acercarme, descubro espeluznada una aterradora visión: sus ramas están cubiertas de cientos de pájaros que han quedado atrapados en sus pinchos. Algunos, parecen haberse enganchado recientemente y todavía aletean pero, para mi espanto, todos ellos tienen los ojos abiertos y me miran fijamente. El corazón me late a mil por hora y mantengo en tensión hasta el último músculo de mi cuerpo. De pronto, un gorrión, abatido por el viento y la lluvia, se posa en una de las ramas y lucha infructuosamente por no caer en uno de los pinchos asesinos. Una gota de su sangre salpica la verja y ésta se abre amenazadora invitándome a entrar en la innombrable Calle del Espino.

Recuperada de la tremenda impresión, penetro cautelosamente por la verja, con todos mis sentidos en máxima alerta. Detrás de mí, la puerta se cierra repitiendo el mismo desagradable chirrido que me recuerda a los columpios oxidados de mi infancia. Para mi sorpresa, el cielo se muestra completamente azul y el sol brilla resplandeciente aunque, de forma increíble, al otro lado de la verja, la tormenta siga rugiendo.

Comienzo a caminar y observo una gran avenida que parece no tener fin. Sus edificios, informes y desiguales, podrían derrumbarse en cualquier momento. Las ventanas, de forma y tamaño diferente, se encuentran a distintas alturas sin orden ni concierto. Pero lo más extraño es su gente: masas de personas que deambulan de una acera a otra en un enorme caos.

Ante mi perplejidad, mis pies comienzan a moverse por libre, sin obedecer mis órdenes. Y, como si del tráiler de una película se tratara, las imágenes aparecen y desaparecen de inmediato ante mis ojos. Es el mundo al revés: los perros pasean a sus amos, los presos encierran a sus guardianes, los vagabundos trabajan en los bancos y los banqueros duermen en los parques, las centrales nucleares lanzan confetis, los ejecutivos sirven café a sus empleados, los peces pequeños se comen a los grandes, los ricos compran en los mercadillos, los corruptos reconocen sus delitos y devuelven el dinero, los homosexuales se casan en las iglesias, los villanos son héroes y los héroes villanos, los ciudadanos siempre tienen razón, los líderes políticos desembarcan en pateras, los soldados regresan a sus casas, los maestros aprenden de sus alumnos, los emigrantes congenian con los policías, las mujeres son respetadas por doquier… Sí, una calle muy especial.

Una sensación de bienestar invade mi cuerpo y, sobre todo, mi mente. Me siento tremendamente eufórica y algo me dice que puedo cambiar las cosas en mi mundo: vencer al pesimismo; recompensar al perdedor; amar el color negro; reconocer la dignidad de hombres y mujeres; amar sin riesgos; detener las guerras; matar al miedo; erradicar el hambre, el abuso, la pobreza, la contaminación, la violencia… Sí, una calle muy especial.

Ahora cobran sentido las palabras de mi vecino cuando me decía que podía ser yo la elegida. Claro, Nacho estuvo aquí. Él sabía que el cambio era posible. Pero yo sigo preguntándome por qué no me avisó y por qué nadie habla de esto. En un estado increíble de optimismo corro hacia la verja, que se abre a mi paso, y la atravieso con celeridad intentando desviar la mirada de los horrendos pájaros. Continúo avanzando a la carrera hacia mi casa con el fin de encontrar a mi vecino y contarle lo sucedido. Pero una ambulancia me impide entrar en el portal. Dos sanitarios llevan una camilla con una persona tapada con esa odiosa manta plateada con la que cubren a los muertos en la carretera. Me dirijo muy nerviosa hacia los enfermeros y estos me dicen que un joven acababa de fallecer a causa de una sobredosis. Su novia, que se encuentra en casa con un ataque de ansiedad, presenció lo ocurrido y no lo pudo impedir. Muy afectada por el suceso, me inclino con ansiedad hacia la camilla y destapo la manta para verle la cara. Sí, es Nacho. Tiene los ojos muy abiertos, como los pajarillos del espino, y los labios morados.

 A trompicones, subo las escaleras hacia mi apartamento. Abro la puerta y, en el suelo, bajo mis pies, alguien ha deslizado una nota. Es de Nacho. Comienzo a leer: “Querida vecina: Si estás leyendo esta nota es que has descubierto el secreto que guarda el espino y yo no estaré aquí para saludarte en la escalera, como todos estos años. Desde que te conocí, supe que tú eras la elegida y que un día tendrías el valor de cruzar la verja. Esa calle es tan real como las demás, pero el mundo no está preparado para aceptarla. Estaba seguro de que tú sabrías descubrir su secreto que no es otro que el VALOR. Una vez que conoces la existencia de un mundo más justo y sabes que depende de ti poder cambiar el tuyo, ya no puedes vivir en paz. Eso me pasó a mí y a todo el que ha tenido el coraje de cruzar la verja. Sé que algo se ha removido en tu interior. Quizás tú tengas ese “valor” que hasta ahora nadie ha tenido. Confío en ti. Mucha suerte. Nacho.”

Entro desconcertada en el dormitorio. El hombre que juró velar mis sueños continúa profundamente dormido. Enciendo desesperadamente una de las colillas del cenicero y miro por la ventana. Quizás pueda romper el tabú de la Calle del Espino, hablar a todos de su existencia, acompañarles a cruzar la verja, convencerles para cambiar el mundo, repartir responsabilidades… Y, sin darme cuenta, me vi liderando un partido y ganando las elecciones.

Amanece diligente un día luminoso y despejado. Desde la ventana del dormitorio, arrojo con decisión el último cigarrillo de mi vida…

Photo by Adam Birkett on Unsplash

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Yo arrojé el último hace ya siete años… tras haber arrojado otros últimos con anterioridad unas veinte veces. ¿Se puede cambiar el mundo? No sé, pero hay que levantarse con esa intención cada día.
    Un abrazo.
    José Yebra

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  2. Manuel dice:

    Extraordinaria composición espacio-tiempo. Con la descripción parece que estuviéramos envueltos en ese paisaje. Enhorabuena.

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