Crónicas made in USA (1)

El viaje

 

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Veintiún kilos de maletón con todo lo necesario para una larga temporada. Hoy es el día en que parto ¿o me parto?, me voy ¿o me echan? Igual da. Tras muchos intentos frustrados de pillar un trabajo, me lanzo ilusionada a mi sueño americano. Rajoy, Rivera, Sánchez, Iglesias… cuando habléis en serio del empleo en España, me avisáis.

Facturo el equipaje con el temor de que no me sea devuelto.

— No te pierdas, guapa, no vayas a encontrarte en el camino con el baúl perdido de la Piqué y os vayáis de luna de miel a Cuba— le digo a mi maleta. Me despido de mi madre, que llora a moco tendido mientras me da los últimos consejos, y me dirijo al temido control de equipaje.

— Por favor, que no me pite nada, que no me pite nada…— repito al tiempo que cruzo los dedos con fuerza. Deposito el portátil y el móvil en una bandeja y el equipaje de mano en otra. Antes de cruzar el arco, el hombre de seguridad me hace descalzar y, ¡horror!, dos tomates en mis calcetines. Tierra, trágame. ¿Por qué aparecen estos agujerillos en los momentos más embarazosos? No es para preocuparse. Lo mismo le pasó nada menos que al director del Banco Mundial al quitarse los zapatos para entrar en la mezquita Azul de Estambul. Pero ahí no termina la cosa. Por si no era ya bastante humillante la situación, un perro rastreador se acerca con excitación a olisquear mi bolso de mano llenándolo de babas y, con un ladrido tan fuerte que provocó que se detuviera la gente a mi alrededor, avisó al policía.

— ¿Lleva usted algún tipo de alimento en el interior?— me pregunta con actitud inquisitiva.

— De ninguna manera— le respondo atónita.

Abro la maleta y veo asomar entre la ropa interior al culpable del delito: ¡un paquete de jamón serrano envasado al vacío! Tierra, trágame por segunda vez. Al parecer mi madre lo había metido a última hora para que tuviera algo de comer cuando llegara, según me explicó más tarde por WhatsApp.

— El que sí va a cenar a gusto esta noche es el perro— pienso mientras me río de esta grotesca situación.

Control superado. ¡A la puerta de embarque! En primer lugar, reclaman a los pasajeros con tarjeta Business y después a aquellos que tienen alguna minusvalía. Llegados a este punto, me veo en la obligación de relatar una de mis mejores anécdotas vividas en mis viajes transatlánticos. Tenía diecisiete años cuando crucé por segunda vez el charco— la primera se convirtió en la historia real que inspiró la película “Una serie de catastróficas desdichas”, pero esa crónica la guardo para más adelante. Recientemente había sido operada de menisco y, aunque mi rodilla estaba totalmente curada, a mi madre se le ocurrió la ingeniosa idea de pedir una silla de ruedas para asegurarse de que viajara sin ningún contratiempo. 

— Por favor, necesito una silla de ruedas para la niña, que anda coja— le rogaba insistentemente a la azafata, que no se creía del todo mi papel de tullida. 

Tras un largo rato, lo consiguió.

— Ya verás que bien, hija. Te van a llevar de puerta a puerta, ¡como a las reinas!— animaba mi madre. Pero, lo que ni ella ni su Majestad la Reina Isabel II de Inglaterra podían imaginar era que me dejaran en la puerta de embarque equivocada. Me di cuenta de este detalle veinte minutos antes de partir, salté de un brinco de la silla de ruedas y empecé a correr hacia la otra terminal como si no hubiera un mañana. La gente me miraba asombrada, pensando que acababan de ser testigos de un milagro. Pero, el verdadero milagro fue llegar al avión a tiempo.

Por fin hemos despegado. Ya nada malo puede ocurrir. ¿O sí? Mi compañero de asiento, un gaditano con una boina extravagante, ha decidido entablar una conversación sobre gastronomía.

—Dicen que en Cádiz no se come bien, pero es mentira. En Cádiz se come y se bebe como en ningún sitio. ¡Palabra!— me explica con un fuerte acento.

Para mi desgracia, tiene el aliento más pestilente que jamás he olido. ¡Ni en mis peores resacas! Es un hedor proveniente de la ultratumba, de las cloacas más profundas de la tierra, de las cavernas de los malvados orcos. Me aguanto las arcadas y cada vez que se dirige a mí giro la cabeza hacia la ventanilla en un vano intento por no percibir esta fétida halitosis de tratamiento médico. Le ofrezco un chicle, pero me lo niega.

—Por Dios, ¡que traigan el desayuno ya o me tiro del avión!— pienso desesperada.

Durante el resto del trayecto me hago la dormida para evitar su palique. 

Comienza el aterrizaje. El avión se menea de un lado a otro, botan cabezas y lo que no son cabezas. El aparato toma contacto con la tierra y la gente aplaude. He llegado a mi destino, mareada pero salva. Me dispongo a pisar suelo americano. ¡Cuidado, con el pie derecho!

Photo by Milos Simic on Unsplash

7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Diana dice:

    Good luck Paula!!!!!! Yes, you can!!!!!

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  2. chus dice:

    Bonito viaje… o no

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      1. chus dice:

        Poco a poco…

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  3. Una aventura apasionante…. No creíste que se lograría algo en la investidura de hoy 😉 ¡Acertaste! Ya nos contarás si el viaje a USA se convierte en residencia. Lo que si espero es seguir viéndote por aquí.

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    1. ¡Hola, María!

      Muchísimas gracias por tus palabras.

      No sé si huí o me echaron, pero tenía la sensación de que esto iba para largo.

      ¡Seguiré poniendoos al día de mis aventuras!

      Un abrazo 🙂

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