El secreto de la calle de El Espino

adam-birkett-183643Fotografía: Adam Birkett

Artículo publicado en Neupic

Amanece con tristeza un día oscuro y lluvioso. Desde la ventana de mi dormitorio arrojo con decisión el último cigarrillo de mi vida y, mientras se funde con las hojas otoñales del parque, observo el viejo árbol situado al pie de la impresionante verja que cierra la calle que lleva su nombre: la calle de El Espino. No entiendo por qué la gente actúa como si no existiera. Nadie habla de ella y, mucho menos, se atreve a acercarse lo suficiente como para ver lo que esconden sus majestuosas ramas. Cada noche, la obsesión por conocer su secreto me impide dormir pero hoy he decidido dar fin a mi insomnio.

El hombre que un día prometió velar mis sueños duerme plácidamente. Desnudo, con un brazo colgando de la cama y las sábanas arrugadas bajo sus piernas, emite un ligero y rítmico ronquido. Cierro sigilosamente la puerta, me enfundo la capucha del impermeable y bajo rápidamente las escaleras. En el portal, Nacho, mi vecino treintañero del segundo piso, me pregunta con cierto interés a dónde me dirijo tan temprano. Con una sonrisa de complicidad, —muchas veces me ha sorprendido mirando tras la ventana— le digo que voy en busca de aventuras. Sobresaltado, me advierte que todo el que ha ido `allí´ o no ha vuelto o ha aparecido trastornado. Sin embargo, me dedica una mirada esperanzada y, en voz baja, como en un susurro, me dice que soy la elegida para cambiar las cosas. Sin despedirse, sumido en un gran abatimiento, recoge la correspondencia del buzón y desaparece tras la puerta del ascensor.

¿Cómo puedo yo cambiar el mundo? Sus palabras me causan profunda desazón. Comienzo a caminar y el frío me devuelve a la realidad. El viento es tan intenso que me cuesta respirar y la lluvia me ha calado hasta los huesos. Camino por la acera abstraída en mis pensamientos, sujetando a duras penas la capucha y, sin darme cuenta, mis pies tropiezan con la verja. Percibo su olor a metal oxidado y tierra húmeda que me hace estremecer. Ante la majestuosa estructura de hierro, me siento insignificante. Desde mi casa, no parece tan imponente. Invadida por el pánico, me dispongo a encontrar un hueco que me permita acceder a la intrigante calle de El Espino pero el árbol me impide ver más allá. Al acercarme, descubro una aterradora visión: sus ramas aparecen cubiertas de cientos de pájaros que han quedado atrapados en sus pinchos. Algunos, parecen haberse enganchado recientemente y todavía aletean. Para mi espanto, todos ellos tienen los ojos abiertos y me miran fijamente. El corazón me late a mil por hora y mantengo en tensión hasta el último músculo de mi cuerpo. De pronto, un gorrión, abatido por el viento y la lluvia, se posa en una de las ramas y lucha infructuosamente por no caer en uno de los pinchos asesinos. Una gota de su sangre salpica la verja y ésta se abre amenazadora invitándome a entrar en la innombrable calle.

Recuperada de la tremenda impresión, entro con cautela por la puerta de la verja, con todos mis sentidos en máxima alerta. Se cierra tras de mí con el mismo desagradable chirrido de los viejos columpios del parque donde jugaba de niña. Para mi sorpresa, el cielo se muestra completamente azul y el sol brilla resplandeciente, mientras al otro lado de la verja la tormenta sigue rugiendo.

Comienzo a caminar y observo una gran avenida que parece no tener fin. Sus edificios, informes y desiguales, podrían derrumbarse en cualquier momento. Las ventanas, de forma y tamaño diferente, se encuentran a distintas alturas sin orden ni concierto. Pero lo más extraño es la gente: masas de personas deambulan de una acera a otra en un enorme caos.

Observo atónita que mis pies comienzan a moverse por libre, sin obedecer las órdenes de mi cerebro. Y, como si del tráiler de una película se tratara, las imágenes aparecen y desaparecen de inmediato ante mis ojos. Es el mundo al revés: el sol sale de noche y la luna de día, los perros pasean a sus amos, los ciegos ven y los sordos escuchan, los peces pequeños se comen a los grandes, el hielo arde y el fuego calma la sed, las personas caminan por el agua y vuelan por las montañas, el sur es el norte y el norte es el sur, los villanos son héroes y los héroes villanos, las víctimas se defienden y los abusones se esconden, los maestros aprenden de sus alumnos, los niños recuerdan y los ancianos juegan… Sí, una calle muy especial.

Una sensación de bienestar invade mi cuerpo y, sobre todo, mi mente. Me siento eufórica y algo en mi interior me dice que en mi mundo las cosas pueden cambiar: vencer al pesimismo, recompensar al perdedor, respetar al diferente, apreciar la honestidad, premiar el trabajo, recuperar la dignidad, amar sin riesgos,  detener las guerras, matar al miedo, acabar con el hambre, el terrorismo, el abuso, la contaminación, la violencia… Sí, una calle muy especial.

Ahora cobran sentido las palabras de mi vecino cuando me decía que podía ser yo la elegida. Claro, Nacho estuvo aquí. Él sabía que el cambio era posible. Pero yo sigo preguntándome por qué no me avisó y por qué nadie habla de esto. En un estado increíble de optimismo regreso corriendo hacia la verja, que se abre a mi paso, y la atravieso con celeridad intentando desviar la mirada de los horrendos pájaros. A la carrera, continúo avanzando hacia mi casa con el fin de encontrar a mi vecino y contarle lo sucedido, pero una ambulancia me impide entrar en el portal. Dos sanitarios llevan una camilla con una persona tapada con esa horrible manta plateada con la que cubren a los muertos en la carretera. Me dirijo muy nerviosa hacia los enfermeros y estos me dicen que un joven acaba de fallecer a causa de una sobredosis. Su novia, que se encuentra en casa con un ataque de ansiedad, presenció lo ocurrido y no lo pudo impedir. Muy afectada por el suceso, me inclino con ansia hacia la camilla y destapo la manta para verle la cara. Sí, es Nacho. Tiene los ojos muy abiertos, como los pajarillos del espino, y los labios morados.

A trompicones, subo las escaleras hacia mi apartamento. Abro la puerta y, en el suelo, bajo mis pies, alguien ha deslizado una nota. Es de Nacho. Comienzo a leer:

“Querida vecina: Si estás leyendo esta nota es que has descubierto el secreto que guarda el espino y yo no estaré aquí para saludarte en la escalera como todos estos años. Desde que te conocí, supe que eras la elegida y que un día tendrías el valor de cruzar la verja. Esa calle es tan real como las demás, pero el mundo no está preparado para aceptarla. Estaba seguro de que tú sabrías descubrir su secreto que no es otro que el VALOR. Una vez que conoces la existencia de un mundo más justo y sabes que depende de ti poder cambiar el tuyo, ya no puedes vivir en paz. Eso me pasó a mí y a todo el que ha tenido el coraje de cruzar la verja. Sé que algo se ha removido en tu interior. Quizás tú tengas ese ‘valor’ que hasta ahora nadie ha tenido. Confío en ti. Mucha suerte. Nacho.”

Entro desconcertada en el dormitorio. El hombre que juró velar mis sueños continúa profundamente dormido. Enciendo con ansiedad una de las colillas del cenicero y miro por la ventana. Quizás pueda romper el tabú de la Calle de El Espino, hablar a todos de su existencia, acompañarles a cruzar la verja, convencerles para cambiar el mundo, repartir responsabilidades… Y, sin darme cuenta, me vi liderando un partido y ganando las elecciones.

Amanece con alegría un día luminoso y soleado. Desde la ventana del dormitorio, arrojo con decisión el último cigarrillo de mi vida…

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Yo arrojé el último hace ya siete años… tras haber arrojado otros últimos con anterioridad unas veinte veces. ¿Se puede cambiar el mundo? No sé, pero hay que levantarse con esa intención cada día.
    Un abrazo.
    José Yebra

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  2. Manuel dice:

    Extraordinaria composición espacio-tiempo. Con la descripción parece que estuviéramos envueltos en ese paisaje. Enhorabuena.

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