El hombre del sombrero negro

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Mi vecina del tercero entró en el portal precipitadamente y me empujó con tal fuerza que me hizo tambalear. Oprimía contra su pecho una enorme calabaza de Halloween. Al mostrar mi interés por semejante fenómeno hortícola, me explicó que debía colocarla debajo de su cama. Y, después de asegurarse de que nadie nos oía, me contó esta increíble historia que me hizo dudar de su salud mental.

Sucedió en la noche de Halloween del pasado año. Había anochecido cuando se dispuso a echarse en el sofá para ver en la tele una película romántica, con la intención de hincharse a llorar. En ese instante, de forma inusual, se produjo un apagón por lo que encendió los candelabros de plata de su abuela pero, al comprobar que nada podía solucionar, decidió acostarse con la esperanza de que al día siguiente estuviera arregada la avería.

Estaba tan cansada que pronto se quedó dormida pero, de madrugada, le despertó un ruido extraño que procedía de debajo de su cama. Dominada por el pánico, se tapó la cara con la sábana y contuvo la respiración por si lo escuchaba de nuevo. Esperó unos instantes, que se le hicieron eternos, y decidió armarse de valor para afrontar el peligro que sin duda le acechaba. Así pues, se libró del edredón, respiró profundamente y con las manos apoyadas en el borde del colchón inclinó lentamente la cabeza hacia el suelo para mirar por debajo de la cama. Pero no vio nada. Volvió a arroparse y, tras unos breves instantes, el ruido volvió a sonar cada vez más fuerte y la cama comenzó a temblar como si fuera a presentarse, de un momento a otro, el mismísimo diablo. De pronto, una siniestra silueta se reflejó en la pared iluminada por las velas y un hombre vestido de negro con sombrero de ala ancha y nariz aguileña se presentó de un salto delante de ella. Mi vecina gritó con todas sus fuerzas pero al observar que el hombre le sonreía afablemente, dejó de hacerlo.

 —¿Por qué gritas? No voy a hacerte ningún daño —le dijo en tono tranquilizador.

El hombre le explicó que cumplía los deseos de los dueños de las camas en donde vivía. La persona sólo tenía que escribirlos en un papel y depositarlo cada noche en el sombrero que previamente dejaría en el suelo.

 —¿Dónde está el truco? —preguntó mi vecina entre asustada, incrédula y perpleja.

—No hay truco pero sí trato. La próxima noche de Halloween yo dejaré mi sombrero  negro debajo de tu cama y tú deberás sustituirlo por una calabaza. Si no lo haces, dejarás de ser mi dueña y tus deseos no se harán realidad.

Entonces recordé que durante el último año mi vecina llevaba una vida de lujo y capricho: coches deportivos, ropa de marca, joyas, viajes… Se paseaba por el barrio del brazo de un hombre muy apuesto al que nadie conocía. Según contó a sus incrédulas amigas había resucitado a su primer amor, muerto en un desafortunado accidente de coche. <<Aunque ya no era el mismo>>, decía.

Tras relatarme su alucinante historia, tomó sonriente el ascensor. Pensé que mi vecina desvariaba o que me había gastado una pesada broma.

Hoy nos hemos visto de nuevo en el rellano de la escalera. Mostraba una cara pálida y ojerosa, un pelo canoso y sin brillo y una ropa raída y sucia.

—¡Menudo aspecto traes! La fiesta de Halloween fue anoche —le dije en tono burlón.

—No tiene gracia. Anoche hubo otro apagón en mi casa y, al estar todo oscuro, no encontré la calabaza y por tanto no llegué a tiempo de colocarla en lugar del sombrero.

Y así fue cómo los deseos de mi vecina se esfumaron, al igual que el hombre vestido de negro de debajo de su cama. De la noche a la mañana dejó de ser una mujer brillante, sociable y rica para convertirse en anodina, solitaria y pobre. Fue demasiado ambiciosa y no se esforzó lo suficiente por conservar lo que tenía. Una verdadera pena. <<Pero eso no me va a pasar a mí>> pensé con regocijo.

Desde entonces, ha pasado justo un año y la magia de Halloween vuelve a invadir las calles de la ciudad. Hago memoria del fabuloso año que ha transcurrido desde la inesperada visita del hombre de negro. He conseguido todos mis sueños: trabajo influyente, novio atractivo, amigos encantadores y viajes extraordinarios. En ese momento, mi casa sufre un repentino apagón y aprovecho para irme a dormir. Al rato, un fuerte ruido me despierta y caigo presa del pánico. En la penumbra de mi habitación, distingo su silueta. ¡El hombre del sombrero negro viene a cumplir el trato! ¿Dónde está mi calabaza? Y entonces veo a mi vecina escapar con ella por la ventana. He sido demasiado confiada. ¿Cómo pude pensar que podía tener todo esto para siempre y sin mover un dedo? 

Photo by Craig Whitehead on Unsplash

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Mario Ca dice:

    No escribas estas cosas que me dan miedo!!! jeje

    Le gusta a 1 persona

    1. Mira debajo de la cama esta noche 😀

      Me gusta

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