El enigma de Estanislao Figueras

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Fotografía: Estanislao Figueras y Moragas.

Relato ganador de la XII Edición de los Premios de Relato Parlamentario e Imagen del Parlamento

Autora: Paula Santolaya del Burgo

Una mala digestión y el calor insoportable de un adelantado verano me impiden prestar atención al discurso de mi amiga la diputada Martínez quien, con voz monótona, defiende en un pleno del Congreso la necesidad de construir un pantano en su Comunidad. Al observar mi somnolencia, un compañero de escaño con el que tengo una gran complicidad me propina un fuerte codazo.

—Eh, Palacios… Tú, pelirroja… ¡Que te van a sacar en la tele! —increpa.

—Me llamo Nerea y no te haces idea de la noche tan horrorosa que me ha dado Lola. Se la ha pasado entera ladrando a todos los coches que pasaban por la calle —protesto mientras disimulo un bostezo.

<<En el transcurso de mis 35 años, siempre me han llamado por el apellido: primero en la Ikastola, después en la Escuela de Ingenieros y ahora también en el Congreso de los Diputados>>, reflexiono con resignación.

Para despejarme, bebo agua de una botellita de plástico cuya etiqueta muestra la foto de una chica delgadísima que hace ejercicios hipopresivos en posición de cuadrupedia sobre un verde prado que termina en una cristalina cascada. <<Si fuera cierto que el agua adelgaza, yo estaría en los huesos y, para mi desgracia, cada vez me parezco más a mi tía Teresa que, después de toda una vida a dieta, se dio cuenta demasiado tarde de que a los hombres les gustan las chicas con trasero>>, reflexiono mientras intento permanecer lo más recta posible en mi escaño.

Durante los tres años que llevo de legislatura he intentado incansablemente, sin éxito, extraer con la uña del dedo índice de mi mano derecha un papelito incrustado en el borde de la madera de mi asiento: ñaca, ñaca, ñaca…

<<¿Eh? ¡Lo he conseguido! Pero… ¿qué es esto?>>. Desdoblo con mucho cuidado un papelito amarillento, que podría ser el viejo tejuelo de un libro, en el que apenas se lee “3-10 PLA rep”. <<¿Pertenecerá a un ejemplar de la biblioteca del Congreso? Y, en el supuesto de que el libro exista, ¿dónde estará ahora?>>, me pregunto mientras escucho a la Presidenta de la Cámara suspender la sesión hasta mañana a las nueve. 

Este hallazgo me produce tal excitación que mi mente se encuentra ya totalmente despejada. Tan rápido como puedo, me despido de mis compañeros diputados y me dirijo hacia la biblioteca. Con paso veloz, cruzo el pasillo de la ‘M-30’, llamado así porque rodea el hemiciclo. A mi paso, observo la larga fila de retratos que cuelgan de las paredes: Pi y Margal, Salmerón, Castelar, Serrano… Me detengo a observar un magnífico óleo de Asterio Mañanós, pintado en 1908, que representa la lectura de un Proyecto de Ley en el Salón de Sesiones. Percibo lo poco que ha cambiado la estancia desde entonces, a excepción de la tribuna de oradores que estaba antes a nivel del suelo. Los diputados visten trajes de la época y la sala se encuentra muy concurrida, aunque no repleta. Sus señorías no parecen estar muy atentos a la intervención del ponente y el cuadro es tan realista que parece escucharse el murmullo general. Algunos están de pie, otros girados para charlar con el de atrás y uno acaba de entrar al oratorio. Nada sustancial parece haber evolucionado con el transcurso de los años. Busco en el cuadro mi escaño y veo que, a pesar de las transformaciones, la estructura de madera es la misma.

Es entonces cuando Miguel, un diputado de la oposición con el que mantengo una atracción sexual correspondida, interrumpe mis pensamientos. Miguel Yagüe es un joven zaragozano de apariencia angelical —nada acorde con su discurso político radical— que despierta todos mis sentidos. Me enamoré perdidamente de él durante el aperitivo de Navidad. Todavía recuerdo la vergüenza que pasé cuando me dijo que tenía los dientes manchados de la tinta de un maldito canapé de calamar.

—Palacios, ¿qué haces por aquí todavía? ¿Te vienes a tomar algo? —me pregunta mientras me estira del brazo.

—Y dale con Palacios. Ahora no puedo. Tengo que hacer una consulta en la biblioteca. ¿Desayunamos mañana?  Y… por favor, ¿me devuelves el brazo? —digo burlona. Miguel asiente con la cabeza y emprende su marcha. No resisto la tentación de volverme para observar sus desgarbados andares y su rubio cabello en movimiento. De camino hacia la biblioteca, me impregno de su olor y no puedo evitar una sonrisa al pensar en el bombazo que daríamos si la gente de nuestros partidos conociera nuestra relación.

<<Por el momento, mejor seguir en la clandestinidad>>, afirmo, acelerando el paso hacia mi destino.

Atravieso una enorme puerta de madera y me encuentro de frente con Ramón el bibliotecario: un hombre corpulento, de mediana edad, con gruesas gafas de pasta negra y de pocas palabras.

La sala de lecturas sigue el modelo de las bibliotecas decimonónicas con estanterías organizadas en dos pisos. Las paredes son de madera noble y el suelo de mármol gris. En el aire flota un olor a tinta, a libro viejo, a lignina… Sólo se escucha el crujir de los viejos estantes de madera que almacenan los diarios de sesiones desde las Cortes de Cádiz. Parece mentira que esta sala se mantenga ajena al ajetreo diario de diputados, funcionarios y periodistas. A la luz de estos flexos, se han escrito numerosas propuestas de ley hasta la llegada de Internet que ha cambiado la manera de trabajar y, sobre todo, de manejar las fuentes de información. Pero esta biblioteca sigue viva y permanece al servicio de los parlamentarios del siglo XXI, aunque ellos no lo saben.

Enseño al funcionario el amarillento papel que he encontrado en mi escaño y afirma que se trata de un tejuelo antiguo.  

—“Pla” podría pertenecer a las tres primeras letras de Platón y “rep” a las de república. Ten en cuenta que este tejuelo es anterior al uso de la Clasificación Decimal Universal y por tanto tiene una numeración correspondiente a la antigua organización de las estanterías —indica el bibliotecario en tono paternal.  

—Sí. Lo sé —respondo con convicción—. Mi abuelo fue bibliotecario y me enseñó a manejar la CDU en el fichero de su biblioteca.

Esta confesión parece agradarle y, solícito, se dirige al ordenador de su mesa. Observo ansiosa cómo realiza una búsqueda en el catálogo on line: en el campo del autor, teclea “Platón” y en el del título “La República”. Tras una espera que se hace interminable, me indica en la pantalla, sin mediar palabra, las referencias de diez ejemplares de diferentes ediciones mientras señala con el dedo el primer piso.

Entusiasmada, subo una de las escaleras de caracol de la antigua biblioteca y, desde allí, observo con asombro que estoy rodeada de los más de doscientos cincuenta mil ejemplares que custodia esta estancia: dos códices del siglo XV, ocho incunables y medio centenar de manuscritos del siglo XVI al XIX.

—¡Qué pasada! —exclamo en voz tan alta que el eco de mi voz molesta a un señor que levanta su mirada hacia mí y se lleva el dedo índice a los labios en señal de silencio. Se trata de Florencio Ayesa, un personaje peculiar, abogado de un prestigioso bufete madrileño, un romántico para unos y un chiflado para otros, que lo dejó todo para estudiar la influencia de las fases de la luna en la redacción de las constituciones españolas del siglo XIX.

Dicen que su mujer le abandonó porque pasaba las noches enteras mirando por el telescopio desde la ventana del dormitorio. Tan obsesionado estaba con la influencia de la luna que no comía ni dormía. Sus hijos llegaron a pensar que había algo de vampirismo en su comportamiento y es que en el garaje de la casa tenía un ataúd en donde echaba la siesta todas las tardes.

Aunque sé que estas historias son fruto de las habladurías de la gente, no estoy tranquila a solas con él por lo que decido encontrar cuanto antes el libro de Platón. Coloco los diez ejemplares en una mesita auxiliar. Por más que busco y rebusco no encuentro ninguna pista. Vuelvo a revisar los libros, sin ningún resultado. Los abro, volteo, sacudo y separo las hojas con ayuda de mi pulgar. No encuentro ningún papelito, estampa o señal y mucho menos del pasado. Tremendamente decepcionada, coloco los libros en su correspondiente estantería pero decido no darme por vencida y volver mañana temprano antes del pleno.

Me arrepiento de no haber quedado con Miguel. Creo que todavía puede estar en su despacho, así que me dirijo al lado oeste del edificio para subir en el ascensor hacia la 9º planta.

<<¡Bien! No hay nadie en el pasillo. ¿A ver por aquí?… Tampoco. Estoy de suerte. No sé cómo podría explicar que me dirijo a verle. ¡Uf! Me parece que me arriesgo demasiado>>, pienso cuando de pronto se abre la puerta del despacho y aparece él: guapo, sonriente, encantador y con esa mirada azul que me hace perder el sentido de la realidad.

—¿Qué haces por aquí?  —pregunta.

—He venido a buscarte para tomar esa caña que antes rechacé.

—¿Ya has terminado esa gestión que parecía tan urgente?

—Sí, y no he podido solucionarlo —respondo, sin ganas de dar muchas explicaciones.

—Entra. Recojo mis cosas y nos vamos.

Ya en el interior de su despacho, nada nos impide dar rienda suelta a nuestra mutua atracción.

—Verás cuando se entere tu jefa —amenaza riendo a carcajadas.

—Pues prepárate cuando lo sepa el tuyo —contesto divertida.

Se hace de noche y debo preparar para mañana un artículo solicitado por una revista de tecnología. Me visto con rapidez, recojo en un moño mis desordenados rizos y me despido precipitadamente de mi amigo. Nuestros encuentros siempre son así: aquí te pillo, aquí te mato y luego salimos corriendo. Menos mal que existe Whatsapp porque si no habría que inventarlo para nosotros.

Cuando entro en casa, Lola me recibe alborozada y trae en la boca su correa para que salgamos a dar un paseo. Desde que tengo perro hago más ejercicio, especialmente cuando tengo que correr tras ella en sus escapadas. Gracias a la perrita dejé de fumar, pues la nicotina era incompatible con la energía y vitalidad de un cachorro bóxer.

Siento que no estoy preparada para ser madre, pero con Lola he desarrollado el instinto maternal. Mi vida cambió aquella noche de verano cuando encontré en un contendedor de basura del Paseo de La Concha una bolita marrón de la que salía un lastimoso quejido. Al principio pensé que era una rata pero luego vi que se trataba de un perrito, que luego resultó ser perrita.

—¡Bestias! ¿Qué clase de persona abandona una cosita así? —grité con rabia mientras le retiraba los restos de basura que tenía pegados a su piel.

La subí en brazos a casa para darle un baño y un poco de leche. Aquel día acepté que había tenido la suerte de tener una hija dócil y cariñosa. Por aquel entonces, acababa de salir de una relación sentimental tormentosa que casi acaba en boda y la fidelidad de Lola, al contrario que mi novio, compensó todas las noches de llorera, Netflix y chocolate. Pero no estaba preparada para enfrentarme todos los días al vecindario perruno y sus pesados dueños sin otro tema de conversación que lo bien que hacen caca, lo obedientes que son o el nuevo sistema para desparasitar. Obsesionada con la idea de solucionar el enigma del viejo tejuelo, me siento hoy incapaz de relacionarme con ellos.

<<No he debido mirar bien. Seguro que mañana lo encuentro>>, pienso esperanzada.

Durante mi regreso a casa, repaso en mi cabeza la información leída para la redacción del artículo. Considero que es un tema apasionante para la reflexión. En cuanto llego, me siento de inmediato ante el ordenador, organizo mis apuntes y escribo:

“En los últimos años, se está produciendo una verdadera guerra encubierta: un ejército informático intenta continuamente hackear, desde cualquier lugar del mundo, el sistema vital de empresas, instituciones y gobiernos. Y lo más sorprendente es que, en un sólo clic, cualquiera puede acceder a una parte de esta realidad virtual a través de páginas web como https://www.fireeye.com/ y http://map.ipviking.com/ que muestran asombrosamente, en tiempo real, los ciberataques que se producen en todo el mundo. Esta solución, ofrecida por las empresas de seguridad Fire Eye y Norse, no llega a controlar toda la actividad de hacking que se produce, pero sí permite detectar el tráfico sospechoso en la red relacionado con programas de espionaje, robos de datos y secretos tecnológicos y comerciales.

Estados Unidos y China se sitúan a la cabeza del ranking de los países agresores pero también más amenazados, seguidos por Arabia Saudí, Irak, Irán, Palestina, Pakistán, India, Corea del Sur, Ucrania y Rusia, territorios con conflictos diplomáticos. Sorprende la cantidad de ataques cibernéticos que recibe Polonia del exterior, dirigidos hacia sus infraestructuras energéticas. En los mapas mencionados, se observa que los principales objetivos de estos asaltos son las organizaciones gubernamentales y militares, centros educativos, servicios de consultoría, entidades financieras y empresas de alta tecnología.

La situación es tan preocupante que exige medidas inmediatas. El gobierno de los Estados Unidos invierte anualmente en seguridad y defensa de la información la elevada cifra de 100.000 millones de dólares. Por si esto no fuera poco, la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) dispone ya de un ejército de francotiradores cibernéticos cuya misión es la defensa nacional y el control de los ordenadores enemigos.

Con la llegada de Internet, los servicios de inteligencia han sufrido una gran transformación: el traje negro, las gafas oscuras y la Glock de 9 mm utilizados por los espías en las series americanas se sustituyen ahora por la camiseta ingeniosa, las gafas de pasta y el ordenador. Y no hace falta ser un experto en informática. Hasta una niña de siete años logró espiar en Gran Bretaña las comunicaciones de los dispositivos que se encontraban conectados a una Wifi pública en tan sólo diez minutos y con un básico ordenador portátil.

Una verdadera guerra oculta, basada en estrategias de espionaje y sabotaje, amenaza al mundo; una nueva vía de destrucción que no necesita grandes inversiones en ejército ni armamento y que permite a los países más débiles atacar a los más fuertes con el mínimo esfuerzo económico; una puerta de acceso al suministro de agua potable, aeropuertos, electricidad, factorías y transacciones monetarias de cualquier país. Una nueva guerra mundial ha comenzado y nadie sabe cómo frenarla”.

Una vez finalizado el borrador de este inquietante artículo, me oigo decir a mí misma:

—Bueno, ahora a cenar y a la cama —Y sonrío mientras compruebo que hablo sola, al igual que mi madre.

Paso la noche entre sueños absurdos y pesadillas. Me despierto sudando en el suelo del hemiciclo. Mi tacón ha tropezado en uno de los escalones y me he caído al suelo bajo la mirada de toda la sala, que ríe a carcajadas. Mi compañero de escaño se levanta y me increpa asombrado:

—Palacios, ¿qué haces en pijama?

Al percatarme de que todo ha sido un mal sueño, con gran alivio, apago el despertador sin poder creer que sea ya la hora de levantarse.

Realizo con rapidez mi rutina diaria y me dirijo al Congreso para estar a primera hora en la biblioteca, dispuesta a volver a revisar libro por libro, hoja por hoja, las diez ediciones de Platón.

Son las ocho de la mañana. El bibliotecario acaba de abrir la puerta y se sorprende al verme tan temprano.

—Buenos días, Ramón. Si no te importa, voy a volver a revisar los ejemplares de La República de Platón —digo con la mejor de mis sonrisas.

—De acuerdo, pero ayer no te comenté que debes descartar las ediciones anteriores al empleo de la CDU, que en esta biblioteca se utilizó a partir de 1960.

—Ah, claro. Muchas gracias. Eso reduce mi búsqueda a sólo cinco libros —contesto muy animada.

Subo de dos en dos las escaleras que conducen al primer piso de la biblioteca y me dirijo hacia la estantería donde descansa plácidamente Platón. Tomo los diez libros y, siguiendo las indicaciones del bibliotecario, descarto cinco.

Reviso de nuevo minuciosamente los entresijos de cada libro. Nada en la primera vez y en la segunda… ¡Bingo! Entre la solapa y la cubierta de una edición de 1810 se desliza un manuscrito de color sepia de cuidada caligrafía, a punto de ser borrada por el tiempo. Con gran excitación, me dispongo a leer:

“En Madrid, a 9 de junio de 1873.

Señores, voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!

He sufrido un importante desgaste durante estos meses. Me voy. Me voy por hartazgo. Me voy porque he sufrido un fracaso que no he sabido encajar. Me voy porque las palabras no parecen suficientes y es preciso alcanzar un consenso. Me voy horrorizado del caos político. Me voy por temor al futuro.

Durante mi mandato, he estado obligado a afrontar una situación económica, social y política muy difícil. Pero, sin duda, la encomienda más urgente que he tenido que atender ha sido la de restablecer el orden político de España. Una labor sin éxito, a juzgar por las numerosas disputas que he presenciado en el Consejo de Ministros sin alcanzar acuerdo alguno para superar la crisis institucional que atraviesa nuestro país. El lamentable espectáculo que está dando la clase política española ha colmado mi paciencia.

Con tan confuso y contradictorio mensaje de los republicanos y las numerosas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atisbar cuál es la verdadera causa y más imposible todavía hallar arreglo. España vive en constante lucha y soy yo quien libra una batalla contra mi propia debilidad.

Durante los cuatro meses que he sido presidente de la República, tuve que enfrentarme a dos golpes de estado, a la inquina violenta de algunos republicanos y a la dolorosa muerte de mi amada esposa. ¡Ya no aguanto más!

La mañana del 11 de febrero, varios grupos federalistas sitiaron el Congreso y pidieron la proclamación ipso facto de la República. Me asomé a una ventana para tranquilizarles, pero fue la Milicia Nacional la que los dispersó. No obstante, la amenaza ya estaba lanzada: “o se proclama la República Federal antes de las seis de la tarde o nos levantamos en armas”. El autor de esta indigna operación propagandística fue el general Contreras. Al mismo tiempo, el Congreso recibió un telegrama de parte de los federales catalanes, que amenazaron con una revuelta si no se proclamaba una República.

En aquel momento, la única solución posible era implantar un Gobierno de coalición entre radicales y republicanos, bajo la presidencia de un federal moderado. Y así fue como tal día fui elegido presidente del Poder Ejecutivo de la República por 258 votos a favor y 32 en contra.  

Doce días después de mi nombramiento, los radicales de Martos intentaron hacerse con el poder. Martos ordenó al gobernador de Madrid disponer de la Guardia Civil en el Parlamento y en varios ministerios y, además, nombró capitán general de Castilla la Nueva a su amiguísimo el general Moriones. A pesar de esta intentona fallida, ¡no cedí a los ministros golpistas!

Poco después, en marzo, me vi obligado a viajar a mi ciudad natal para calmar a los federales de Barcelona que querían crear el Estado de la Federación Española. Tras duras negociaciones, conseguí que desistieran de sus propósitos.

En abril falleció mi esposa, hecho que me sumió en una profunda tristeza. Pero poco me duró el luto pues tres días después se produjo un nuevo golpe de estado, esta vez de la mano de Martos y el general Serrano. El frustrado intento fue sofocado por Pi y Margall, quien disolvió por la fuerza la Comisión Permanente de la Asamblea Constituyente y, con ella, a los radicales.

A primeros de mayo, en total soledad al frente de la frágil República, decidí tomar las riendas del Ministerio de la Guerra para llegar a las constituyentes sin más trastornos. Pero ya era tarde.

Estos últimos días he tenido conocimiento, gracias a la labor de investigación del general Socías, de que los generales intransigentes, Juan Contreras y Blas Pierrad, planean un golpe de Estado desde abajo para implantar la República Federal sin contar con el Gobierno y las Cortes. Temo a sus voces y reclamos, a su lucha armada, a su intolerancia. ¡Temo por mi vida! No sabría decir si es un mal presentimiento o simplemente miedo a una muerte inminente.

Estas son, señores diputados, las razones por las que renuncio a mi cargo por el bien de la República y de mi patria. Me hallo sobrepasado por los recientes acontecimientos de revolución y golpismo, herido en lo personal y acabado en lo político. Huyo pues a Francia para no caer en manos de los intransigentes.

Pero quedad bien seguros de que, aunque no me despida de vosotros, no me desprendo del amor a una España tan noble y sufrida y de que no llevo otro pesar en mi corazón que el de haberme marchado sin procurarle un futuro próspero y en paz.

Estanislao Figueras y Moragas”.

<<¡He encontrado la carta de dimisión del Presidente de la I República, Estanislao Figueras!>>, reconozco alborozada.

Pero al levantar los libros para colocarlos en la estantería, se desliza entre los papeles un objeto que, al chocar contra el suelo, produce un sonido metálico. Para mi sorpresa, se trata de una pequeña llave dorada.

—¡Anda! —exclamo sin poder contenerme. La mirada de reprobación de Ramón me hace volver a la realidad. Meto rápidamente la carta y la llave en mi bolso y me despido del bibliotecario.

—Gracias, Ramón. No he encontrado nada —indico con descaro.

Me dirijo con paso rápido al hemiciclo. Son las nueve de la mañana y todo el mundo está ya sentado. Yo también lo hago. Mi compañero de escaño se da cuenta de que llego sofocada.

—Palacios, ¿qué te pasa? Pareces enferma. ¿Estás bien?

—Por supuesto que sí. Es que Lola me ha vuelto a dar una nochecita toledana y la he tenido que llevar al veterinario de par de mañana —miento para salir del paso.

—Pues tómate un par de cafés porque esto va para largo: mañana y tarde. Así que espabila, no te vayas a equivocar de botón durante las votaciones —dice mi compañero con un tono irónico que me molesta.

Son las siete de la tarde y, tras votar la última iniciativa, la Presidenta da por finalizada la sesión.

He tenido tiempo suficiente para pensar que mi enamorado amigo quizás pueda ayudarme, así que le escribo el siguiente Whatsapp:

“Hola, guapo. ¿Me esperas en tu despacho? No te hagas ilusiones. Tengo que contarte una cosa que te va a dejar alucinado. Necesito tu ayuda”.

De inmediato, recibo la contestación:

“Ok. Me dejas en ascuas. En un cuarto de hora te espero en el despacho”.

Me las ingenio para que mis compañeros no se paren a hablar conmigo y salgo disparada hacia la 9ª planta.

Esta vez, me encuentro de bruces con la señora de la limpieza que me mira extrañada. Nos saludamos cordialmente y avanzo por el pasillo para encontrarme con un impaciente Miguel. Una vez cerrada la puerta, me lanzo a sus brazos y, de forma atropellada, le intento explicar lo sucedido.

—A ver, tranquilízate y enséñame la carta —requiere mientras coge el documento y lo lee detenidamente con cara de absoluta sorpresa. Miguel es historiador y precisamente especialista en el siglo XIX.  Por esta razón el hallazgo le produce, si cabe, más interés que a mí.

—¡Has encontrado la carta de dimisión de Figueras! Es lo más emocionante que he leído en mi vida —afirma sin poder controlar sus nervios—. Cuentan que ese día abandonó la sala del Consejo de Ministros abochornado y, sin dar más explicaciones, se dirigió a la estación de Atocha para tomar un tren rumbo a París. Nadie conocía la existencia de este documento, ni las razones exactas que le habían llevado a desaparecer sin dejar rastro. ¡Es un hallazgo histórico!

—¿Y qué me dices de la llave?  Tiene que ser la clave para entender el enigma. No parece que abra una puerta, es demasiado pequeña —replico mientras se la muestro.

—A ver…déjamela… ¡Coño! ¿No te has fijado? Tiene una inscripción. Mira. Aquí se lee claramente “Isabel II”. Debemos encontrar un lugar que relacione a la reina con esta llave —indica mi amigo.

—En el vestíbulo principal del edificio de Palacio hay una escultura de mármol de Isabel II —exclamo—. Cuentan que la reina custodia una puerta que conduce a un pasadizo secreto. En el año 2009, comenzaron las obras de rehabilitación de la parte baja del edificio y se encontraron dos esqueletos humanos.  Lo oí contar a una de las guías cuando vinieron los alumnos de mi colegio a visitar el Congreso. Sería toda una aventura descubrir el misterio, ¿no crees?

—Desde luego que sí —añade Miguel. —Esperaremos a que se haga de noche para hacer nuestras indagaciones. Iremos allí cuando todo el mundo se haya marchado.

La espera se nos hace interminable y, para entretenernos, buscamos en el ordenador información sobre Estanislao Figueras y su época. Llegamos a la conclusión de que los hechos sucedieron tal y como lo cuenta en su carta de despedida: una España ingobernable con unos problemas que nos parecen recurrentes.

—Como en “El día de la marmota” —comento apenada.

—Es verdad, parece que no tenemos arreglo.  Pero dejemos ya de hablar y vayamos en busca de la reina —apremia Miguel mientras abre la puerta del despacho.

Atravesamos silenciosos el interminable pasillo hacia los ascensores. Las luces automáticas se encienden indiscretas a nuestro paso. Presiono el botón del ascensor varias veces como si con ello fuera a venir antes. Una vez dentro, Miguel me agarra de la mano en un intento de contener los nervios por lo que estamos a punto de descubrir. Nos dirigimos al edificio del palacio del Congreso y, en la entrada, nos encontramos con el policía de guardia que nos observa con el ceño fruncido pero, al reconocernos, no nos pregunta nada.

Traspasamos el Salón de Conferencias, más conocido como Salón de los Pasos Perdidos, bajo la estupenda bóveda de Vicente Camarón, que presenta las alegorías de los cuatro continentes, la Ley, la Justicia, la Religión y la Abundancia. Salimos de la estancia y dejamos atrás el magnífico bajorrelieve de Mariano Benlliure dedicado a Emilio Castelar.

Y tras esta lección histórica, llegamos al vestíbulo principal. El lucernario de su imponente bóveda floreada deja penetrar la luz eléctrica de la calle. El suelo es un mosaico de mármol en el que figura el año de inauguración del palacio: 1850. Las paredes muestran también los retratos de políticos ilustres. Siento en mi nuca la amenazadora mirada de Cánovas, Pi y Margall, Azaña y hasta de Suárez. Parecen saber que estamos tramando algo. Y por fin, encontramos la estatua de la Reina Isabel II, tallada en mármol de Carrara por el escultor José Piquer y Duart, dueña y señora de aquella habitación, vestida con traje de corte princesa muy adornado y escotado, con corona y cetro real, de porte solemne y con un realismo que me sobrecoge. La soberana muestra una expresión seria, no correspondiente con la imagen frívola que le ha caracterizado a lo largo de la historia: noches de parranda, encuentros amorosos con los generales Serrano y O’Donnell, entre otros.

Miguel es el primero en romper el silencio:

—Pues aquí estamos. ¿Y ahora qué?

Ante la escultura, se encuentra una valiosa mesa de caoba con una urna de cristal que guarda un facsímil de la Constitución de 1812, más popularmente conocida como ‘La Pepa’.

—Mira. La mesa tiene dos cajones —señalo con ansiedad— Lo que buscamos podría encontrarse en uno de ellos.

Saco la llave del bolsillo de mi americana y pruebo a encajarla en la cerradura del cajón izquierdo.

—Nada. No se abre.

—Intenta con el otro —me anima Miguel.

Y al meter la llave, una puerta disimulada con el dibujo del mármol se abre lentamente.

—¡La leche! —grita exaltado—. Esto quiere decir que la leyenda del pasadizo secreto es real. ¿Sabes lo que esto significa?

—¡Que Estanislao Figueras huyó a Francia por aquí! —respondo, paralizada por la impresión.

—Venga, echemos un vistazo —apremia.

Miguel entra primero y comienza a bajar los peldaños de una escalera. Le sigo de puntillas para no engancharme los tacones y así no caerme, como en mi sueño. Dejamos la escalinata y caminamos por un largo y oscuro pasillo que iluminamos con las linternas de nuestros móviles.

— Huele a cerrado y hay mucha humedad. Este lugar parece abandonado desde hace muchos de años —replico a la vez que miro con aprensión las oscuras paredes.

Caminamos durante un rato que se nos hace interminable. Vemos al fondo una pared que cierra el recinto y nos detenemos un tanto desilusionados.

—Parece que hemos llegado al final del túnel y aquí no hay nada. Los obreros debieron de limpiarlo todo cuando hicieron la reforma — resoplo desilusionada.

Apoyo mi pie en una piedra que sobresale del suelo y, entonces, ocurre algo sorprendente: el muro del fondo, antes infranqueable, se desplaza hacia fuera dejando entrever una estancia cuadrada de pequeñas dimensiones.

Miguel avanza hacia el interior y se para en seco. Noto cómo le caen por el cuello unas gotas de sudor.

—Dios mío… Nerea… ¡No puede ser!

—Miguel, ¿qué pasa? Me estás asustando. Nunca me llamas por mi nombre.

—Me parece que Figueras nunca llegó a Francia —explica Miguel. Mi amigo se retira hacia un lado y señala una de las esquinas de la sala. Alumbro con la linterna de mi móvil y no puedo creer lo que estoy viendo: ¡un esqueleto!

—No, no, no… Esto es una locura ¿Crees que es el cuerpo de Figueras? —le pregunto echándome las manos a la cabeza.

—Mira, está amarrado con cadenas en las muñecas y los tobillos. Tengo la impresión de que sus enemigos políticos lo atraparon aquí mientras huía y lo hicieron prisionero hasta su muerte. ¡Acabamos de descubrir la verdadera historia de Estanislao Figueras! —exclama Miguel, realmente emocionado.

—Pero eso es imposible. Se tienen noticias de que regresó a los tres meses —replico incrédula mientras avanzo hacia aquel manojo de huesos y observo que, en una de sus cadavéricas manos, el supuesto ex presidente de la República sostiene una fotografía en blanco y negro de una mujer. En el reverso, leo una dedicatoria: “A mi esposo Estanislao, con todo mi amor”.

—¡Alto! ¿Quién anda ahí? —resuena la voz del policía del vestíbulo.

—Ay, creo que nos hemos metido en un buen lío —susurro a mi compañero sin importarme demasiado las consecuencias.

—Tranquilo, tranquilo… que somos nosotros —replica Miguel al policía quien, pistola en mano, se detiene en la puerta de la sala y observa atónito la escena.

Un resquicio de luz se cuela por un agujero del muro. Intento ver a través de él y observo incrédula que corresponde al cartel luminoso de la Puerta del Sol que anuncia la nueva temporada de Juego de Tronos. ¡Qué ironía!

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FUENTES CONSULTADAS

COMÍN, E. (1956). Historia de la Primera República. Barcelona: AHR.

DE LA CIERVA, R. (2000). Historia total de España. Madrid: Fénix.

FERNÁNDEZ DE LA REGUERA, R. (1977). La república de los soñadores. Barcelona: Bruguera.

LAFUENTE, V. (1898). Verdades contemporáneas: Retrato político de la República Española de 1873 pintada por sus mismos partidarios aspirantes de nuevo al poder. Madrid: Fortanet.

LOZOYA, Marqués de (1968). Historia de España. Barcelona: Salvat.

MARTÍ, F. (2007). La Primera República Española 1873-1874. Madrid: Rialp.

MAZARIEGOS, J. L. y MORENO, M. (2002). El mundo tricolor: apuntes sobre la I República. Barcelona: Debarris.

PÉREZ GALDÓS, B. (2006). La Primera República. Madrid: Alianza.

ROMANONES de, C. (1939). Los cuatro presidentes de la Primera República Española. Santander: Espasa Calpe.

Recursos on line:

BIOGRAFÍAS Y VIDAS. La enciclopedia biográfica en línea. Estanislao Figueras y Moraga.  Recuperado de  https://www.biografiasyvidas.com/biografia/f/figueras.htm

CEPAS, J.A. (2016). “Los dos primeros presidentes de la I República: Figueras y Pi y Margall”.  Revista de Historia. Recuperado de https://revistadehistoria.es/los-dos-primeros-presidentes-de-la-i-republica-figueras-y-pi-y-margall/

MARTÍ, F. (2017). La Primera República española (1873-1874). Madrid: Rialp. Recuperado de  http://metahistoria.com/novedades/la-primera-republica-espanola-rb/

PORTAL DEL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS. Recuperado de http://www.congreso.es/portal/page/portal/Congreso/Congreso/Transparencia/InfEco/BienesInmuebles

VILCHES, J. (2010). Figueras, presidente a la fuga.  Libertad Digital.  Recuperado de https://www.libertaddigital.com/opinion/historia/figueras-presidente-a-la-fuga-1276237832.html

– (2010). Estanislao Figueras, el federalista orgánico. CLUBLD (64-65). Libertad Digital. Recuperado de https://www.clublibertaddigital.com/ilustracion-liberal/64-65/estanislao-figueras-el-federalista-organico-jorge-vilches.html

 

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